
Una vez más,hubo aspirantes que intentaron vulnerar,ahora,el examen de control para entrar a la UNAM mediante lentes inteligentes y cámaras diminutas.
Esta situación expone una realidad incómoda: el despliegue tecnológico más sofisticado puesto al servicio de la mediocridad y falta de ética más elemental. No estamos ante una hazaña de innovación,sino ante una “sofisticación” del fraude.
Resulta alarmante la narrativa normalizadora que prolifera en plataformas digitales,donde creadores de contenido reducen el proceso de selección a un “simple trámite burocrático” que justifica cualquier atajo.
Esta cultura del lifehack y del cinismo digital vende la trampa como audacia y la deshonestidad como astucia frente al sistema. La retórica de que “lo importante es entrar sin importar cómo” no es rebeldía; es una profunda bancarrota ética monetizada para ganar clics.
Este fenómeno no es un hecho aislado,sino la consecuencia directa de un ecosistema digital secuestrado por los llamados influencers,personajes que encontraron en la controversia barata y la provocación su modelo de negocio.
En su afán por rascar reproducciones,estos perfiles han convertido las redes sociales en una cloaca donde la irresponsabilidad se disfraza de contenido. Su influencia no construye comunidad ni aporta valor; normaliza la transgresión y legitima el engaño como una virtud digna de ser imitada por audiencias jóvenes y vulnerables.
La degradación es evidente cuando observamos los blancos recurrentes de estos creadores de basura digital. Son los mismos que no dudan en lanzar campañas de odio y misoginia contra mujeres futbolistas y atletas,descalificando su profesionalismo únicamente para inflar métricas a costa de la violencia de género y el escarnio público.
Para esta generación de opinadores sin rigor,la dignidad de las personas,el mérito ajeno y el respeto básico son simples monedas de cambio por métricas favorables y contratos publicitarios de ocasión (sí,hay firmas que les otorgan contratos publicitarios ridículamente jugosos,igual de cuestionable).
El resultado es una fábrica ininterrumpida de contenido chatarra que envenena la conversación pública y pervierte las aspiraciones de toda una generación.
Al premiar la estridencia,el insulto y la trampa por encima del talento,la disciplina y el trabajo honesto,estos personajes consolidan un mensaje perverso: que no hace falta prepararse ni ser una persona íntegra cuando la vileza bien empaquetada puede garantizarte notoriedad.
El problema jamás ha sido el silicio o la Inteligencia Artificial. La tecnología es agnóstica; quienes están podridos de criterio son los individuos que deciden utilizar herramientas diseñadas para potenciar el conocimiento humano con el único fin de falsificarlo.
La UNAM y la sociedad no enfrentan una amenaza cibernética,sino una crisis de ética donde el éxito fácil se aplaude y la honestidad se tacha de ingenuidad. La Inteligencia Artificial avanzará cada día más,pero ninguna actualización de software podrá corregir la miseria ética de quien prefiere engañar antes que aprender.
Una vez más,hubo aspirantes que intentaron vulnerar,ahora,el examen de control para entrar a la UNAM mediante lentes inteligentes y cámaras diminutas.
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